Glorioso viaje
El músico maño hizo parada en Granada el pasado 2 de julio para presentar las canciones de su <i>Viaje a ninguna parte</i>
Ambientazo total. La sala García Lorca del posmoderno Palacio de Congresos de Granada lucía un lleno hasta la bandera que sorprendió, ésa fue la impresión, hasta al mismo Bunbury.
Antes del inicio del show, una imagen proyectada del recién desaparecido Marlon Brando presidía el escenario. Fue el homenaje inmediato de un artista, cinéfilo él, que no perdió ocasión de elogiar al célebre "Padrino", dedicándole incluso una de sus canciones.
Se apagan las luces. Suena el intro al tiempo que se proyectan imágenes de Bunbury y su banda entre bambalinas. Juntan sus manos, unen fuerzas y salen uno a uno a las tablas, hasta que el zaragozano hace acto de presencia copa en mano, guitarra en ristre, con los primeros compases de El anzuelo. El público, muy heterogéneo, plagado de Bunburys clónicos y chicas enfervorecidas, se entrega en cuerpo y alma. Cantan a la par cada estrofa.
Bunbury está muy metido en faena. El anzuelo, La señorita hermafrodita, con un tempo algo más lento del registrado en el disco, y la maravillosa Los restos del naufragio son una excelente carta de presentación. Un buen comienzo que presagia un mejor concierto. No falla.
Desgrana una tras otra canciones de su viaje emocional, físico y musical. La gente sigue el show desde las butacas pero se pone en pie a cada momento. Unos aplauden, otros simplemente alargan sus brazos, las caras son un poema. Hay parejas que se abrazan al son de Infinito, jóvenes que lanzan suspiros con las primeras notas de Alicia y una marabunta que hace retumbar el Palacio con el homenaje a Más Birras, y por ende a los extintos Héroes del Silencio, y esa ya habitual Apuesta por el rocanrol.
Bunbury tiene memoria. Recuerda la última actuación en Granada con motivo de la gira Rock en Ñ. Era el primer concierto con El Huracán Ambulante, la banda que le acompaña desde la gloriosa gira de Pequeño. Los hermanos granadinos, como los bautiza el maño, se lanzan con el "cumpleaños feliz". Y a todos, a sus músicos, a los hijos de sus músicos -recién nacidos, de los que se muestran imágenes- y a esa audiencia entregada les dedica Que tengas suertecita.
Suelta en cada canción un vasto repertorio de gestos y poses, teatrales, dramáticas, muy exageradas. 100% viscerales. "Si me viera en un espejo, ¿tú crees que haría lo que hago?", confesaba en una entrevista reciente. Pero no se corta. Acompaña esa puesta en escena de un estupendo juego de luces, traje mesiánico -blanco para más señas- y su ya inseparable sombrero de estrambótico cowboy. El acento sudamericano no lo deja. Lo enfatiza aún más.
Es Bunbury en estado puro. Abandona tanto comentario entre canción y canción y va a lo suyo, a interpretar, a vivir y sentir cada canción como si fuera la última que toca en su vida. Un espectáculo único en el panorama musical nacional. Y no deja indiferente a nadie.
Tras Enganchado a ti se va a camerinos pero vuelve. Sin duda, es el bis más redondo. Emociona con la versión semiacústica de Lady Blue, aumenta la temperatura de la sala con la belleza de El rescate y deshace corazones con ese canto de llanero solitario, hecho pedazos por un amor desafortunado, llamado El jinete. Una canción original de José Alfredo Jiménez, que Bunbury ha hecho suya. Un clásico, vamos.
No hay muchas más sorpresas. Interpreta por primera vez en la gira Lo que queda por vivir y deja a todos con la boca abierta con el tramo final de canciones sensibleras: Sácame de aquí, ...Y al final, Adiós, compañeros, adiós y, sobre todo, Canto (el mismo dolor). Canciones henchidas de la emoción a borbotones que sale de cada melodía, de cada letra, de este atípico y bohemio trovador.
Un excelente concierto, que muestra cómo van tomando cuerpo en directo las canciones de El viaje a ninguna parte, y que confirma el extraordinario momento que vive Bunbury. Con precios no habituales en un artista nacional, no ha tenido problemas para llenar los conciertos de esta primera parte de su gira. Su estatura de estrella es indiscutible. Guste más, guste menos, estamos ante un metal precioso que sigue puliéndose, y de qué forma, disco a disco, gira a gira. Y siempre con el mismo lema bajo el brazo: "Renovarse o morir".