Alegato 'welleriano'
El ex líder y vocalista de The Jam y The Style Council presentó en Madrid el 19 de noviembre las canciones de su nuevo álbum, <i>Illumination</i>
Como en Retorno a Brideshead, una obra capital para entender a la alta sociedad inglesa de entre guerras (escrita por Evelyn Waugh y llevada a la televisión como inolvidable serie de impecable gusto), Paul Weller, icono imprescindible de la escena mod, ha pasado por dos etapas hasta aposentarse en el altar de la madurez.
Primero la era 'Sebastian Flyte', marcada por una rebeldía juvenil de primer orden: The Jam. Luego, como 'Charles Ryder' (Jeremy Irons ante las cámaras), reposado degustador de placeres cotidianos: The Style Council. Y el Weller de hoy (diez años ya en solitario) es un cóctel de ambos, con la particularidad en los genios de quedarse con lo mejor de esas caras separadas por una delgada línea roja. Weller, aunque parezca pretencioso, ha sido precusor de estilos en los 70, los 80, los 90 y se ve que también ahora.
Lo demostró en la noche de este martes 19 de noviembre en La Riviera, en Madrid, con su concierto de presentación de su último trabajo, Illumination, sexto disco de estudio en solitario, producido por él mismo y con la colaboración de Noel Gallagher (Oasis) y miembros de Ocean Colour Scene (OCS) y hasta un ex Stone Roses (lo mejor del brit-pop y el sonido Manchester, vamos). De esta manera, su mezcla de new wave, northern soul, jam-session, psicodelia, rock, manchester, acid jazz y unplugged triunfa como elegante entre algún "ajá-yé" o "sha-la-lá" característico de otras épocas.
Entre cañero y acústico, con un teclista, un batería (su inseparable Steve White) y dos OCS como Steve Cradock a la guitarra y Damon Minchella al bajo, Weller evidenció que es un héroe de guerra en Inglaterra que nunca será 'Sir' por su apoyo a la clase obrera y un invitado de lujo cuando viene de gira por Europa. Le respalda la tranquilidad del trabajo en estudio bien elaborado. En directo ya depende un poco de la noche, de su estado de ánimo, del clima de la sala y hasta del olor. Este príncipe de la sensibilidad más recatada, mendigo a finales de los 70 de los desgarrados saltos con las piernas abiertas en el escenario, envejece (44 años) pegado a su guitarra y hasta al teclado y junto a su familia veraneando, por supuesto, en Andalucía. Una continuidad feliz para quien estuvo en el lado oscuro y pudo quedarse como tantos otros en English rose de un día.
En La Riviera, Weller volvió a deslumbrar por su capacidad camaleónica. It's written in the stars es un temazo, como Going places o Now the night is here. Si a ello se le añaden temas de anteriores albumes como Sunflower o Wild wood, más tres canciones de The Jam (In the crowd, de All Mod Cons -1978-; That's entertaiment, de Sound affects -1980- y la apasionante aventura de Town called Malice, de The gift -1982-), el resultado es más que suficiente para salvar un concierto con la que está cayendo últimamente en la escena musical.
El que esto os cuenta, mod declarado y welleriano empedernido, escribe pues un alegato a favor que eleva la estampa de un tipo esencial para entender tres décadas de música. Eso sí, con la rabia de no haber podido llegar en scooter, el pobre seriamente lastimado a causa de uno-de-esos-coches-alemanes-que-tanto-gustan-a-la-clase-media. Pero los pelos se siguen erizando cuando Weller se arma con la guitarrra, toma el micrófono para proclamar que le queda cuerda y dispara en sus letras a Bush y Blair. Weller no deja de pertenecer a la generación del desencanto. Y gracias a ello ha crecido con cordura sin loar a los vendedores de crecepelo. Casi dos horas de concierto, momentos cumbres de guitarra tipo The Stooges, asistentes como Amaral o M-Clan y la frase de la noche de un amigo y compañero de profesión: "Sólo he tenido dos momentos en mi vida en los que quería abrazar a todo el mundo. Cuando Mijatovic ganó la Séptima para el Real Madrid y hoy (por la noche del martes)". Comparto lo segundo.