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Pablo Benegas, de La oreja de Van Gogh, sobre su época más oscura: “Ponerles nombre a los monstruos me ha ayudado a perdonarme”

El guitarrista del grupo se abre para contar los momentos más duros de su vida

Pablo Benegas, con La oreja de Van Gogh en Miami (2022). / Johnny Louis/Getty Images

La oreja de Van Gogh es uno de los grupos más emblemáticos de la historia del pop español y su historia está llena de momentos gloriosos que han marcado una serie de hitos a lo largo de su carrera tanto en España como Latinoamérica. Pero como todas las historias, también ha tenido sus sombras. Uno de sus mayores obstáculos llegó cuando su primera vocalista, Amaia Montero, decidió abandonar la banda. Fue un momento de inflexión en el que podían haber desaparecido o seguir adelante, como hicieron, buscando una sustituta. Apareció Leire Martínez.

Pero ella no sale en el libro que ha publicado el guitarrista del grupo, Pablo Benegas. Un músico introvertido que nunca ha sido de hablar mucho sobre sí mismo, pero que ahora, se ha convertido en la voz de la historia del grupo en sus inicios en una época en la que la vida en Euskadi no era como la de ahora.

Eran tiempos en los que ETA seguía activa y que él sufrió como todos los vascos o más teniendo en cuenta que su padre era político. Memoria recoge el testimonio, en primera persona, de aquellas vivencias tan marcadas por el miedo, la frustración y la lucha contra una injusticia tan evidente.

Ahora Pablo habla de aquellos tiempos porque no quiere que se olviden. No podemos caer en los mismos errores y para eso hay que conocer la historia. Para eso y para que las nuevas generaciones valoren su presente por lo que se consiguió en el pasado.

¿Quién va a ganar cada combate de La Velada del Año 4, según los pronósticos?

La sensación de vulnerabilidad es enorme cuando compartes experiencias tan íntimas. Nunca antes me había sentido tan frágil”. Esto lo compartiste en redes antes de salir el libro. Ahora que ya está en la calle, ¿qué? ¿ha sido para tanto?

Ahora menos, una vez que ya empiezo a compartir sensaciones y la gente empieza a contarme sus experiencias y lo que le ha transmitido el libro, no. Al revés, es hasta reconfortante, lo que pasa que cuando sabes lo que has contado y solo lo sabes tú, tienes esa sensación de a ver qué pasa porque estoy hablando mucho de mí. Y, aunque no lo parezca, soy una persona a la que no le gusta hablar de sí misma. Siempre he sido muy reservado con mi vida privada y por eso me hacía sentirme así. Ahora estoy más tranquilo, estoy sintiendo el abrazo de la gente.

¿Qué te han dicho los chicos?

Encantados. Lo habían leído hace tiempo. Lo fui consensuando con ello. Cuando surge la idea en serio hace dos años lo compartí con ellos y me dijeron que adelante y les he necesitado para recordar algunas cosas de las que yo no me acordaba. Ha sido muy bonito el proceso. Me he dado cuenta de lo frágil que es la memoria colectiva. Si la individual ya es frágil porque cada uno vamos adecuándola a nuestras necesidades, la colectiva yo creí que estaba a salvo porque siempre iba a haber alguien que se acordara del grupo y me he dado cuenta de que hay situaciones de las que no nos acordamos ninguno y te das cuenta de que es muy frágil o la escribimos para contarla o esto va tan rápido que hay cosas que no se van a saber.

Una de las primeras en mostrarte públicamente su apoyo fue Amaia: “Eres un valiente !!! pero nunca te sentirás solo porque somos muchos los que no te soltaremos de la mano para acompañarte en este maravilloso viaje!”, dijo. ¿Qué relación te une ahora a ella?

Bien, muy bien. Con Amaia igual que con ellos, cuando tuve un manuscrito que se medio podía leer me fui a su casa a dárselo, a hablar con ella y Amaia es de las que mejor memoria tiene del grupo y me ha venido muy bien en según qué momentos el hablar con ella porque se acuerda de muchas cosas y le encantó el libro y ha sido muy bonito. Públicamente lo ha felicitado y se lo agradezco mucho.

Lo has llamado Memoria, que es una palabra con mucho significado, ¿no?

Tiene mucho significado y aparte de que he hecho un ejercicio de memoria que es necesaria para aprender de los errores para que no vuelva a ocurrir en el futuro y es una palabra que tiene mucha carga en las víctimas del terrorismo que hay bastante intento de homenaje a través de varios amigos de mis padres que yo también conocía víctimas del terrorismo y hacerlo extensible a todos los demás. Sí hay un homenaje con la palabra memoria que tiene mucha carga en ese sentido y me parecía que resumía muy bien todo lo que quiere contar el libro.

Hay dos grandes temas en este libro. Por un lado, cómo viviste tú en Donosti en esos tiempos en los que ETA asesinaba siendo hijo de un dirigente como Txiki Benegas y el otro gran tema, los orígenes de La oreja de Van Gogh. Vamos a centrarnos en el primero, ¿te ha costado explayarte sobre un tema en el que no te habíamos visto entrar tan abiertamente?

Más que costarme, me apetecía porque hay cosas que hay contar porque esto va muy rápido y se olvidan y puede parecer que no haya pasado nada de lo que cuento en muy poco tiempo. Me ha sorprendido el volver a lugares que no había procesado. Empezar a contar algo y empezar a sentir emociones que no había digerido bien y ponerles nombre a los monstruos me ha ayudado a perdonarme muchas veces y comprender por qué podía sentir vergüenza en un momento en el que no tenía que sentirla y perdonarme porque lo que estaba sintiendo era mucho miedo. A la hora de volver atrás y contarlo y escribirlo, sobre todo, te ayuda a ubicar esas cosas. Mi intención sí era contar muchas de esas cosas porque hay que contarlas. Y he tenido muy presentes a mis hijos porque somos padres de la primera generación de niños y niñas que van a vivir sin el terrorismo en Euskadi y tenemos la responsabilidad de contarles estas cosas que pasaron de cara al futuro, para que puedan entender y afrontar una convivencia en paz mejor sabiendo lo que ha ocurrido. Sabiendo que en esas calles donde ellos ahora hacen vida normal, antes se asesinaba por pensar diferente. Y quería contarles que hubo gente que dio la vida y se la jugó por defender los derechos y libertades de los que ahora ellos gozan. Es importancia que esta generación de niños crezca con esas cosas claras en la cabeza.

Estoy super orgulloso de llevar el apellido que tengo, de mi padre y de todo lo que hizo. Pero hay esa primera etapa donde el apellido pesa y pesa en negativo, es verdad.

¿Pero tú crees que lo entienden?

No importa que no le den la dimensión. Además, es verdad que los niños procesan de otra manera. No importa que no le den la profundidad que nosotros sabemos que tiene, pero que lo sepan, que les suene y ya irán creciendo y dándoles la dimensión. Pero si no lo saben nunca lo van a entender ni a darle la magnitud que tuvo.

Dices que tus padres intentaron manteneros a ti y tu hermana en una burbuja, pero eso era imposible, ¿no?

Durante nuestra infancia sí lo consiguieron. Nuestra madre sí blindó ese día a día y fuimos niños muy felices. Pero sí es verdad que la calle nos puso en nuestro sitio. Inevitablemente el odio que había en las calles, esas miradas, te acaban colocando en un lugar en el que te preguntas qué está pasando. Empiezas a vivir alerta, a salir a la calle con miedo y eso fue inevitable. Pero nuestro caso es uno más de muchos hijos de dirigentes o cargos electos tanto del PSOE, como del PP en el País Vasco, también del PNV que tuvieron que soportar sus familias y entornos, la presión de ETA y su entorno.

Había momentos en los que ocultabas quién era tu padre y otros en los que hablabas de él con orgullo… dos etapas muy diferentes en tu vida, ¿cuál fue más dura?

Cuando yo escuchaba el apellido de mi padre o notaba que me reconocían en la calle me ponía alerta. Me generaba miedo, estrés, me hacía a veces el loco como si no hubiera escuchado nada y eso es complicado, sobre todo, cuando eres adolescente o joven que ya de por sí tienes tus inseguridades y tus miedos y encima esta carga es complicada de llevar. Luego mi apellido pasó a formar parte de otra cosa y fue muy diferente y estoy super orgulloso de llevar el apellido que tengo, de mi padre y de todo lo que hizo. Pero hay esa primera etapa donde el apellido pesa y pesa en negativo, es verdad.

Tú sabes lo que es sentir miedo de verdad, ¿eso se puede llegar a normalizar?

Sí, de hecho, yo creo que como siempre fue así. En mi vida no hay un momento en el que todo cambia, disociaba la realidad y esa amenaza de la emoción continua. El miedo eran picos, pero no podía ser constante porque eso es insoportable, se acaba disociando, pero estaba ahí, era inevitable. Cada vez que se salía de casa, al llevar el lazo azul en la calle, las contra manifestaciones, los insultos, la gente que yo conocía en el barrio. Siempre te podías encontrar con esas situaciones, lo que pasa que lo acabas disociando, no recuerdo estar todo el día con miedo, eran momentos, pero eran reales.

Me indignaba mucho cuando en el instituto después de atentados o situaciones gravísimas la gente estuviera como si fuera un día más cuando estaban muriendo vecinos nuestros y se asesinaba en la calle.

Aseguras que el miedo es un potente inhibidor de la empatía. Muchos miraban a otro lado. Tiene que ser muy frustrante vivir eso, ¿no?

Sí, lo que pasa es que había una anestesia generalizada en Euskadi. La gente hacía su día a día y por muchísimos motivos mucha gente no daba el paso de salir a la calle y protestar. Era un poco descorazonador y es lo que me motivaba a la hora de hacer cosas. Me indignaba mucho cuando en el instituto después de atentados o situaciones gravísimas la gente estuviera como si fuera un día más cuando estaban muriendo vecinos nuestros y se asesinaba en la calle. Yo no lo comprendía y, de repente, la izquierda abertzale convocaba un paro por una detención en el instituto y la gente se iba a sus casas sin más y cuando había un atentado costaba mucho parar el instituto. Era una situación que me indignaba bastante. Al encontrarme con mis compañeros, juntos teníamos esa misma inquietud y necesidad de hacer cosas y por eso hicimos algunas cosas juntos.

Era una infancia poco típica y no solo ya por cuestiones políticas. Siendo niño te codeabas con personalidades de la cultura y la sociedad como Roman Polanski, Ángel Nieto o el rey Don Juan Carlos que te quiso dar una propina, ¿eso te ayudó a entender tu fama más tarde como artista?

Es verdad que yo siempre desde pequeño sentí el foco, sentía lo del ‘hijo de’, había sentido esas miradas que luego da el éxito también. Para mí no fue tan extraño, lo que sí, esos primeros años de grupo de éxito lo que me costó procesar que se me reconociera por ser hijo de mi padre sino por ser parte de un grupo que estaba siendo conocido y tenía éxito. Fueron unos años de procesar eso. Pero supongo que sí me ayudó. Mi sensación fue la de que no pasaba de ser alguien muy desconocido a conocido. Lo bueno es que los grupos amortiguan mucho esas sensaciones. Cuando estás en un grupo esa sensación del éxito la compartes y la repartes y es más fácil procesarla. El hecho de ser un unido tan unido y pasar tanto tiempo juntos nos ayudó a procesarlo.

En ese codearte con gente de la cultura, recibiste a David Summers en tu casa cuando fue a daros una sorpresa a ti y tu hermana que erais muy fans, ¿lo habéis hablado después, ya de artista a artista?

Le enseñé la foto y todo. Imagínate, era el momento más fuerte de Hombres G y vino a vernos a casa y estuvo cariñosísimo. Fue muy chulo y ahora con los años lo recuerdo más y qué mérito y qué esfuerzo hizo de venir a nuestra casa a visitarnos.

En esa época universitaria confiesas que falsificabas las notas, ¿con la cara de buen chico que tienes?

Eso no me hace ser mala persona, bueno, igual sí. Se me hizo bola y no sabía cómo salir de ahí y siempre un atento Xabi para resolver cualquier problema y venir a mi rescate. Me sugirió falsificar las notas y me pareció brillante. Salió muy bien porque no me pillaron.

¿Esto lo sabían tus hijos o les has dado la excusa ahora?

No lo saben. Eso sí que no he hecho el esfuerzo de contárselo. Pablo ha empezado el libro y ha llegado ahí y se reía. Tampoco le está la dimensión que tiene, vamos a dejarlo ahí. Cuando sean mayores me pasará factura.

El cómplice Xabi San Martín… algunos dirían que una mala influencia.

Sí, ¿no? Ha sido siempre una mala influencia. Nos ha tocado llevar 30 años juntos ya. Lo recuerdo como que me salvó de una buena, es una experiencia diferente la mía de la que puede tener una madre. Yo estoy agradecido.

Xabi, Álvaro, Haritz y tú coincidís en el campus y vais creando una amistad inquebrantable. Pero hay que decir que os unió más al principio vuestro pacifismo militante que la música.

En esa amistad todavía muy tierna nuestra, ese vínculo primero se genera entorno a una plataforma pacifista que formamos, Basta ya. Teníamos la necesidad de hacer algo. Participábamos en todas las manifestaciones que convocan Gestos por la paz y las grandes organizaciones pacifistas que llevaron todo el peso de la movilización contra ETA en Euskadi y nosotros participábamos en todas ellas, pero llegó un momento en el que sentimos la necesidad de hacer algo también nosotros. Compartíamos esa inquietud y formamos esa plataforma con la que pudimos hacer varias manifestaciones en Donosti y teníamos una voz propia con la que podíamos convocar a los medios y recoger firmas. Estamos orgullos de aquello porque sentimos que hicimos nuestra contribución contra algo que nos parecía que era insoportable.

Esa primera vez que salí con mi padre sin escolta yo tenía 37 años y no lo recuerdo como algo bonito, ni liberador.

El asesinato de Gregorio Ordóñez os movilizó y tu activismo se hizo más presente en la facultad, ¿fue la gota que colmó el vaso?

El hecho de formar la plataforma sí porque viene de raíz de una manifestación que convocan enfrente de la sede de HB con unos letreros que ponía Basta ya en euskera para pedirle a HB que dejara de apoyar a ETA, era el partido político que representaba a ETA. Yo estuve en esas tardes donde se gestó toda la manifestación y cuando terminamos ese acto, hablé con Cristina Cuesta y le dije que nos apetecía hacer cosas con Basta ya y que queríamos seguir y hacer cosas y nos dijo que no había ningún problema, que no iban a hacer nada parecido. Y ahí nos juntamos los amigos y le dimos forma. Hicimos los estatutos y formamos la plataforma.

Claro, vas narrando los distintos asesinatos de gente que eran parte de tu vida cotidiana, amigos de tus padres y tuyos. Muchos funerales y entierros, eso tiene que marcar mucho.

Marca hasta el punto que el día que enterramos a mi padre en el cementerio, al salir yo con mi madre del brazo por el camino con el que yo siempre había salido con mi padre tras esos funerales y aniversarios de los asesinatos, me acordé de todos los hijos de amigos de mis padres asesinados porque pensé, si yo siento el dolor que tengo ahora que es tremendo, cómo tiene que ser el dolor de un hijo haciendo este mismo recorrido con su padre asesinado por ETA sin entenderlo. Tiene que ser un dolor inabarcable. Me vino esto a la cabeza en aquel momento y ahí me di cuenta de lo que supone durante tantos años de mi vida tener que vivir ese tipo de situaciones, marca sin duda.

Hasta que no tuviste 37 años no supiste lo que es bajar a la calle con tu padre sin escolta, ¿te costó acostumbrarte, se pierde la desconfianza?

Sí, y está muy bien perdido. Es verdad que no es de golpe, pero sí se pierde. Esa primera vez que salí con mi padre sin escolta yo tenía 37 años y no lo recuerdo como algo bonito, ni liberador. Salimos de casa y yo tenía la sensación de que me había olvidado algo, no sabes qué, pero como cuando sales de casa y dices, me he dejado algo. Y, además, salimos con los hábitos habituales, la velocidad, el ritmo, los tics de cuando salíamos de casa sin escolta. Fue un trayecto muy breve, pero que no recuerdo como algo bonito. Fue difícil, fue incómodo, había sensaciones muy extrañas. Luego se fueron pasando. Se tarda en perder esos tics porque fueron muchos años, pero se consigue.

Cristina Zavala

Periodista enamorada de todo el entretenimiento. Enganchada a la tele, los libros, los últimos lanzamientos...

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